Wednesday, January 04, 2006

ESPECIES EN EXTINCIÓN : LOS CINÉFILOS.





A veces me siento una hereje de estos tiempos: soy una cinéfila consumada y encima, tengo la osadía de insistir en ver cine sin comer palomitas y en silencio.

Atrás quedaron las épocas en las que ver una película en el cine nos proporcionaba el ritual mágico de la experiencia perceptiva cinematográfica junto a otros que como nosotros, gustábamos de ver la película a oscuras y no hablar ni comer, ni reírnos a los gritos durante la proyección.

El siglo XX agregó a la experiencia la posibilidad de consumir palomitas, refrescos, patatas fritas con queso y otros manjares y lo de mirar la película en silencio, en el siglo XXI, ha pasado a la historia.

Por alguna rara mutación genética, las nuevas generaciones eligen la sala de proyecciones para hacer bromas, chistes, gritar, patalear, roncar, tener relaciones sexuales, comerse pizzas enteras ( doy fe) reírse , aullar a la luna o relatar el partido de fútbol a viva voz.

La especie en cuestión no es marginal, sino todo lo contrario, son guapos, van vestidos a la moda, tiene móviles de ultima generación ( que generalmente suenan en medio de la función) y tienen el dinero suficiente para pagar entradas, palomitas y refrescos a cambio de que los demás les aguanten su modo particular de involución de las especies. El ritual consiste en pagar para no mirar la película y hacer el payaso toda la sesión.

Estas tribus que algunos estudiosos consideran pertenecientes a la “antropología del espectador imbécil” se ha gestado al calor de la permisividad total de las grandes superficies lúdicas, en algunas de las cuales, me consta, hasta dejan entrar al “espectador” con pizzas enteras y cervezas. Es que las empresas involucionan al ritmo de sus asistentes, claro está.

Confieso que a menudo me siento una especie en extinción: intentar que los derechos de esa raza mutante no atropelle el mío, se asocia con una actividad severamente en desuso: protestar y ser escuchado.
Todas las veces que padecí los rituales excesivos de estas tribus urbanas, pude comprobar que en general, los demás afectados no reaccionaban en absoluto.
Como si de repente entraran en un trance hipnótico, se los veía apretar los dientes, estrujar el vaso de Coca cola, mascullar para adentro algún insulto e irritarse hasta la exasperación sin decir ni una palabra.
Los más osados, alguna que otra vez, explotaban entrando en franca guerra de insultos con los nuevos simios y tampoco conseguían callarlos ni ver la película.

Otros de nosotros, cansados de tanta falta de respeto hundiéndose en la falsa tolerancia, no estamos dispuestos a compartir el espacio público con este tipo de personajes ni nos sumamos a la voluntad general de los que prefieren callarse la boca. Pero, ¿qué hacer?
El personal de las empresas de multicines tiene a estas nuevas etnias como principales clientes y sabe perfectamente de qué modo se “divierten”, pero hacen poco porque forman parte de su principal target.

En vista de la situación, se abren dos preguntas claves:

¿Quién se atreve a sancionar a estos buenísimos consumidores en un contexto en el que el cliente siempre tiene razón y más si viene en grupo?

¿Cómo hago para ejercer mi derecho y poder ver una película cuando me toca compartir sala con alguno de estos clanes?

Vivimos en una época en que todos reclamamos la falta de valores a la hora de convivir y hasta algunos alcaldes lloran rasgándose las vestiduras clamando por el incivismo.

Pero no olvidemos que este proceso no florece ahora porque sí, hace años que directa o indirectamente se le permite a cierta gente hacer uno y abuso del espacio público justamente porque son consumidores: ya sean turistas o adolescentes, comercios y ciudades enteras hacemos la vista gorda con tal de hacer el agosto.
Lo importante es no ahuyentar a quien más consume y ayudarlo, mirando hacia otro lado, para que se sienta a gusto y haga lo que le dé la gana. Luego ya culparemos a algún chivo expiatorio de todo el problema, daremos conferencias contra el incivismo y veremos la forma de poner más multas.

Como decía, soy un Tyranosaurus Rex, y me resisto a cerrar las fauces. Mi experiencia personal en cuanto al proceso de plantear una queja en este tipo de macro cines no tiene desperdicio:

Martes 3 de enero, 19.15. Sala prácticamente vacía a no ser por 10 miembros de la tribu “mecagontó” habituados a comer palomitas y gritarle a la pantalla. Nótese que no estoy hablando de un sábado a la noche ¡Líbreme dios de ello!

Mi marido, un Gliptodonte de muy buen ver, se acercó a pedirles silencio: craso error, la tribu redobló los gritos de guerra. Fui a buscar a alguien del personal para ver si tenía más suerte, pero tampoco eso modificó la actitud del grupo.
En vista de que nos era imposible concentrarnos en la película, salimos de la sala para hablar con la encargada que resultó ser la Srta. Gemma.

Ni bien escucho la exposición de la Tyranosauro y el Gliptodonte, decidió que lo mejor, era darme un consejo antiestrés:

“No se ponga así, relájese que usted al fin y al cabo vino a divertirse. Se lo digo por su bien.”

Ante tamaña bobería, sospeché que el concepto de relax y el pasar de los problemas en lugar de resolverlos, era el método que la Srta. Gemma utilizaba para afrontar las dificultades.

¿Pertenecía la Srta. Gemma a la tribu? ¿Era un topo infiltrado para provocar la irremediable involución de la especie cinéfila? ¿Será que en las empresas como ésta nadie se toma nada demasiado en serio? ¿Pertenezco de verdad a una especie en extinción?¿Pagué dos entradas para que me arruinen la sesión de cine y además debo relajarme?
Tal vez.
Sin embargo, viendo en Internet los foros de damnificados por tribus como éstas en los cines, se me ocurre que tal vez un recuento de especies nos sorprendería.
Y ya lo sabemos por experiencia, la unión hace la fuerza.
Om!Om!Om!

1 comments:

Juanma said...

Soy el primero en comentarte!!! Ayer cuando fui al cine, fui con palomitas, y me dió vergüenza, porque los demás asistentes eran de los que defienden "el cine sin palomitas"... pero es que yo tenía muchas ganas de palomitas!
Beso!