Miles de personas se movilizan por las calles de la capital francesa en el marco de la tercera jornada nacional de protestas. Toulouse, Poitiers y Roanne se unen a parís en contra de la ley que promueve el empleo de los jóvenes pero permite despedirlos sin causa ni indemnización.

En París, algunos carteles que se ven en la calle anuncian “Marzo 2006-Mayo ’68”. Nada más lejos de la verdad.
Si bien el día de acción Anti-CPE reunió cerca de 247 500 manifestantes según la policía, cerca de 500 000 según los organizadores, en una cincuentena de ciudades, no nos engañemos, los estudiantes de hoy no son los del 68, ni el contexto sociopolítico admite comparaciones.
Lástima.
A fines de los 70 creíamos que había posibilidades. Alternativas desviacionistas a lo que hoy conocemos como globalización.
No me extenderé aquí tediosamente en la descripción de este fenómeno que fagocitó con éxito la esperanza de ciertos continentes y la transformó en el sustrato en el que se levantan los nuevos valores de la sociedad occidental: adelgazar, no envejecer, comprar, mirar para otro lado.
Los estudiantes de la Sorbona de ayer se convirtieron más tarde en secretarios de cultura del gobierno francés protagonizando así, uno de los primeros capítulos del culebrón que dividió primero y diluyó después la “oposición”.
Paulatinamente dentro de los ámbitos universitarios se impuso la “descripción” de los fenómenos sociales por encima de la explicación de los mismos.
“La descripción nos previene de la manipulación ideología “ - concluyeron los más atrevidos.
Así, los discursos y acciones reivindicativas fueron ganándose enemigos y muy mala prensa.
Yo también vomito ante el vino triste de los 70, pero esto a lo que asistimos es otra cosa. Es la imposibilidad de pensar en otro escenario que no sea el dantesco espectáculo de los gobiernos girando –ya sin ambigüedades- hacia la derecha previa a las conquistas obreras.
Un paciente y refinado lavado de cerebro ha arrojado al 30 % de mundo consumista a los brazos blanduzcos de la autoindulgencia sorda, ciega y muda.

Los que no encajan en el modelo, surcan los mares en una patera, corren por miedo a la limpieza étnica o dan vueltas por los bares que tan bien retratara Charles Bukowsky.
Cuando leo que el gobierno francés – sí ése mismo que siglos atrás terminó con la monarquía al grito de libertad, igualdad, fraternidad – se ufana con su invento del CPE, invoco al fantasma de Robespierre.
El Contrato Primer Empleo (CPE), permite el despido injustificado durante los dos primeros años.
Esto es un ultraje al futuro, sin ninguna duda.
Pero cualquier autónomo español podría decir que se siente mas ultrajado por la ley que le impide cobrar el paro cuando está enfermo.
Todos los trabajadores hemos sufrido una sistemática rebaja en las condiciones laborales y las prestaciones en nombre del “estado de bienestar”.Cabría preguntar el estado de bienestar de quién.
Pero en la España anestesiada de 2006, ya nadie protesta, a no ser por motivo políticamente espurios.
Los representantes del pueblo prestan su atención a problemáticas más acuciantes como la vestimenta de la primera ministra.
En las universidades francesas pueden leerse las siguientes consignas:
No esperamos nada de quienes masifican la tristeza en los paseos de las jornadas reivindicativas, no queremos implorar las migas del Estado, es la organización de la vida, que surge de nuestra cotidianeidad como una inmensa farsa cruel, la de la administración del desastre. Es incoherente hablar del CPE sin poner en cuestión el marco en el que se inserta, el del asalariado. Nuestra huelga será la de una elaboración revolucionaria” Que así sea.
