
Hace unos meses que escribo con alguna disciplina.
Simplemente, necesito escribir y ese estado me lleva a leer más e interesarme por escritores y escritoras tal vez un poco más obsesivamente.
Hoy me encontré con una "Declaración de principios del lector" de Daniel Pennac (click aquí para ir al artículo) que recomiendo a todos quienes defenden como yo el verdadero placer la de lectura.“Como una novela”, una de sus obras más conocidas, comienza con una aseveración magnifica:“El verbo leer no soporta el imperativo”.
Las personas tienen derecho a no leer y según Pennac, los no lectores son personas muy frecuentables e incluso deliciosas, porque:“...Al menos no nos piden de continuo nuestra opinión sobre el último libro que leímos, nos ahorran sus reservas irónicas sobre nuestro novelista preferido y no nos consideran retardados por no habernos precipitado sobre la última de Fulano, que acaba de salir, editada por Mengano, y de la cual el crítico Zutano ha dicho lo mejor.”(...)Abracadabra.
El tema del presente artículo se abrió ante mí materializado en las sabias palabras de Daniel Pennac: la especie de los sub-expertos. Estos especimenes que adornan nuestros hogares y oficinas, siempre alertas para darnos un testimonio aleccionador basado en lo mucho que saben, piensan, investigan y/o coleccionan.Muy lejos están del espíritu del verdadero experto más en contacto con lo esencial, que estudia y profundiza porque simplemente le apasiona y si lo comparte, lo hace con elegancia, respeto y sin forzarse.

El pobre sub-experto, al contrario, es como un hámster obsesivo que corre hacia ningún lugar en la rueda mientras se repite constantemente que necesita poseer “todos los datos”, fantaseando con el momento en que volcará sobre los demás sus insípidas conclusiones sin ningún glamour y con muchísimo esfuerzo.Si, me refiero a los diestros, peritos, competentes, avezados, versados, entendidos, y duchos sobre algún tema que cada día encontramos listos para abrir la boca y soltar su patética seudo sabiduría.Pareciera ser que el vacío posmoderno les impone la necesidad de gritar a viva voz cuánto han leído o con el objetivo de sentir que existen un poco, para lograr, si no la admiración, por lo menos la envidia. Si supieran que en realidad solo consiguen una lastimosa muestra de buena educación, se dedicarían al excursionismo.
Por medios discursivamente violentos invaden el territorio de los demás tan pronto como pueden insertar alguna frase probándose que son buenos al menos en esa pobre parcela de su vida.Los expertos son extremadamente aburridos, solo quieren hablar de eso que dominan, sufren a encontrarse con alguien que los sorprenda en el pecado de no conocer la ultima novela, el ultimo CD, la noticia mas reciente sobre, el truco informático mas secreto de, o lo que sea que ocupa su paupérrima vida.

Recuerdo un día en que yo expresaba delante de cierto grupo mi predilección por el rock sinfónico de Emerson Lake & Palmer.De pronto escuché el zumbido de los bombarderos en el aire, noté que una de miradas me apuntaba calculando el impacto mientras comenzaba a lanzar las bombas: ¿“Cual de todos los temas de Emerson te gusta más?, porque yo tengo absolutamente todos los álbumes- expresó el sub-experto.
Nótese que los sub-expertos utilizan frases como yo tengo, yo hice, yo leí, encubriendo bajo el pronombre personal la experiencia que les está paradójicamente vedada: el verdadero placer de disfrutar de algo sin ofrecerlo a la mirada de nadie.

A ningún pseudo le sirve su condición de tal si no puede demostrarlo en la arena, mediante algún a estrategia habitualmente petulante o por lo menos, inoportuna.Existe el subgrupo de sub-expertos menos agresivo pero igualmente invasor. No se puede salir de paseo con ellos in que comiencen la irrupción progresiva del espacio acústico con sus conocimientos sobre el entorno. También los que dan consejos sin que se le solicite la opinión pertenecen a este grupo.Aparentemente, la especie de los sub-expertos padece de fobia al silencio. O tal vez, a fuerza de repetirse a sí mismos la obligación de saber para vencer, las trompas de Eustaquio han pasado a mejor vida.Como decíamos, los sub-expertos no disfrutan de aquello en lo que compiten. No son capaces de bailar consigo mismos al son de Smoke on the Water sin que nadie los vea, lo único que les proporciona el efecto de existir es la capacidad de demostrar que sirven al menos para acumular y recordar muchos datos, fechas, lugares, teorías, sucesos.
No tienen nada propio, por eso, se apropian imaginariamente de lo ajeno.Desde el punto de vista de los sub-expertos muchos de nosotros pertenecemos a una sub especie herética capaz de disfrutar del objeto sin necesidad de diseccionar su procedencia o llegar al colmo de ir por la vida sin saber las capitales de todo el mundo.

En lo personal doy una importancia igual a cero a las colecciones completas de libros, CD, Enciclopedias, ediciones limitadas, rarezas, cuadros famosos y me deleito obscenamente en la ignorancia. Amo el placer de la imperfección en todas sus facetas, si he investigado algo a fondo, ha sido sólo por el dulce placer de la pasión.Por eso, cuando alguien quiere medirse conmigo en su saber o tener, al instante comprendo que con esa persona no me une absolutamente nada y me alejo de su camino, feliz de saber que mi vida es ASÍ DE IMPERFECTA en un mundo imperfecto.





