Thursday, January 08, 2009

INVOLUCIÓN DE LAS ESPECIES: LOS SUB-EXPERTOS


Safe Creative #0810080098510


Hace unos meses que escribo con alguna disciplina.
Simplemente, necesito escribir y ese estado me lleva a leer más e interesarme por escritores y escritoras tal vez un poco más obsesivamente.
Hoy me encontré con una "Declaración de principios del lector" de Daniel Pennac (click aquí para ir al artículo) que recomiendo a todos quienes defenden como yo el verdadero placer la de lectura.“Como una novela”, una de sus obras más conocidas, comienza con una aseveración magnifica:“El verbo leer no soporta el imperativo”.
Las personas tienen derecho a no leer y según Pennac, los no lectores son personas muy frecuentables e incluso deliciosas, porque:“...Al menos no nos piden de continuo nuestra opinión sobre el último libro que leímos, nos ahorran sus reservas irónicas sobre nuestro novelista preferido y no nos consideran retardados por no habernos precipitado sobre la última de Fulano, que acaba de salir, editada por Mengano, y de la cual el crítico Zutano ha dicho lo mejor.”(...)Abracadabra.

El tema del presente artículo se abrió ante mí materializado en las sabias palabras de Daniel Pennac: la especie de los sub-expertos. Estos especimenes que adornan nuestros hogares y oficinas, siempre alertas para darnos un testimonio aleccionador basado en lo mucho que saben, piensan, investigan y/o coleccionan.Muy lejos están del espíritu del verdadero experto más en contacto con lo esencial, que estudia y profundiza porque simplemente le apasiona y si lo comparte, lo hace con elegancia, respeto y sin forzarse.

El pobre sub-experto, al contrario, es como un hámster obsesivo que corre hacia ningún lugar en la rueda mientras se repite constantemente que necesita poseer “todos los datos”, fantaseando con el momento en que volcará sobre los demás sus insípidas conclusiones sin ningún glamour y con muchísimo esfuerzo.Si, me refiero a los diestros, peritos, competentes, avezados, versados, entendidos, y duchos sobre algún tema que cada día encontramos listos para abrir la boca y soltar su patética seudo sabiduría.Pareciera ser que el vacío posmoderno les impone la necesidad de gritar a viva voz cuánto han leído o con el objetivo de sentir que existen un poco, para lograr, si no la admiración, por lo menos la envidia. Si supieran que en realidad solo consiguen una lastimosa muestra de buena educación, se dedicarían al excursionismo.
Por medios discursivamente violentos invaden el territorio de los demás tan pronto como pueden insertar alguna frase probándose que son buenos al menos en esa pobre parcela de su vida.Los expertos son extremadamente aburridos, solo quieren hablar de eso que dominan, sufren a encontrarse con alguien que los sorprenda en el pecado de no conocer la ultima novela, el ultimo CD, la noticia mas reciente sobre, el truco informático mas secreto de, o lo que sea que ocupa su paupérrima vida.


Recuerdo un día en que yo expresaba delante de cierto grupo mi predilección por el rock sinfónico de Emerson Lake & Palmer.De pronto escuché el zumbido de los bombarderos en el aire, noté que una de miradas me apuntaba calculando el impacto mientras comenzaba a lanzar las bombas: ¿“Cual de todos los temas de Emerson te gusta más?, porque yo tengo absolutamente todos los álbumes- expresó el sub-experto.
Nótese que los sub-expertos utilizan frases como yo tengo, yo hice, yo leí, encubriendo bajo el pronombre personal la experiencia que les está paradójicamente vedada: el verdadero placer de disfrutar de algo sin ofrecerlo a la mirada de nadie.

A ningún pseudo le sirve su condición de tal si no puede demostrarlo en la arena, mediante algún a estrategia habitualmente petulante o por lo menos, inoportuna.Existe el subgrupo de sub-expertos menos agresivo pero igualmente invasor. No se puede salir de paseo con ellos in que comiencen la irrupción progresiva del espacio acústico con sus conocimientos sobre el entorno. También los que dan consejos sin que se le solicite la opinión pertenecen a este grupo.Aparentemente, la especie de los sub-expertos padece de fobia al silencio. O tal vez, a fuerza de repetirse a sí mismos la obligación de saber para vencer, las trompas de Eustaquio han pasado a mejor vida.Como decíamos, los sub-expertos no disfrutan de aquello en lo que compiten. No son capaces de bailar consigo mismos al son de Smoke on the Water sin que nadie los vea, lo único que les proporciona el efecto de existir es la capacidad de demostrar que sirven al menos para acumular y recordar muchos datos, fechas, lugares, teorías, sucesos.
No tienen nada propio, por eso, se apropian imaginariamente de lo ajeno.Desde el punto de vista de los sub-expertos muchos de nosotros pertenecemos a una sub especie herética capaz de disfrutar del objeto sin necesidad de diseccionar su procedencia o llegar al colmo de ir por la vida sin saber las capitales de todo el mundo.

En lo personal doy una importancia igual a cero a las colecciones completas de libros, CD, Enciclopedias, ediciones limitadas, rarezas, cuadros famosos y me deleito obscenamente en la ignorancia. Amo el placer de la imperfección en todas sus facetas, si he investigado algo a fondo, ha sido sólo por el dulce placer de la pasión.Por eso, cuando alguien quiere medirse conmigo en su saber o tener, al instante comprendo que con esa persona no me une absolutamente nada y me alejo de su camino, feliz de saber que mi vida es ASÍ DE IMPERFECTA en un mundo imperfecto.

INVOLUCIÓN DE LAS ESPECIES: EXITINCIÓN DE LOS CINÉFILOS





A veces me siento una hereje de estos tiempos: soy una cinéfila consumada y encima, tengo la osadía de insistir en ver cine sin comer palomitas y en silencio.

Atrás quedaron las épocas en las que ver una película en el cine nos proporcionaba el ritual mágico de la experiencia perceptiva cinematográfica junto a otros que como nosotros, gustábamos de ver la película a oscuras y no hablar ni comer, ni reírnos a los gritos durante la proyección.

El siglo XX agregó a la experiencia la posibilidad de consumir palomitas, refrescos, patatas fritas con queso y otros manjares y lo de mirar la película en silencio, en el siglo XXI, ha pasado a la historia.

Por alguna rara mutación genética, las nuevas generaciones eligen la sala de proyecciones para hacer bromas, chistes, gritar, patalear, roncar, tener relaciones sexuales, comerse pizzas enteras ( doy fe) reírse , aullar a la luna o relatar el partido de fútbol a viva voz.

La especie en cuestión no es marginal, sino todo lo contrario, son guapos, van vestidos a la moda, tiene móviles de ultima generación ( que generalmente suenan en medio de la función) y tienen el dinero suficiente para pagar entradas, palomitas y refrescos a cambio de que los demás les aguanten su modo particular de involución de las especies. El ritual consiste en pagar para no mirar la película y hacer el payaso toda la sesión.

Estas tribus que algunos estudiosos consideran pertenecientes a la “antropología del espectador imbécil” se ha gestado al calor de la permisividad total de las grandes superficies lúdicas, en algunas de las cuales, me consta, hasta dejan entrar al “espectador” con pizzas enteras y cervezas. Es que las empresas involucionan al ritmo de sus asistentes, claro está.

Confieso que a menudo me siento una especie en extinción: intentar que los derechos de esa raza mutante no atropelle el mío, se asocia con una actividad severamente en desuso: protestar y ser escuchado.
Todas las veces que padecí los rituales excesivos de estas tribus urbanas, pude comprobar que en general, los demás afectados no reaccionaban en absoluto.
Como si de repente entraran en un trance hipnótico, se los veía apretar los dientes, estrujar el vaso de Coca cola, mascullar para adentro algún insulto e irritarse hasta la exasperación sin decir ni una palabra.
Los más osados, alguna que otra vez, explotaban entrando en franca guerra de insultos con los nuevos simios y tampoco conseguían callarlos ni ver la película.

Otros de nosotros, cansados de tanta falta de respeto hundiéndose en la falsa tolerancia, no estamos dispuestos a compartir el espacio público con este tipo de personajes ni nos sumamos a la voluntad general de los que prefieren callarse la boca. Pero, ¿qué hacer?
El personal de las empresas de multicines tiene a estas nuevas etnias como principales clientes y sabe perfectamente de qué modo se “divierten”, pero hacen poco porque forman parte de su principal target.

En vista de la situación, se abren dos preguntas claves:

¿Quién se atreve a sancionar a estos buenísimos consumidores en un contexto en el que el cliente siempre tiene razón y más si viene en grupo?

¿Cómo hago para ejercer mi derecho y poder ver una película cuando me toca compartir sala con alguno de estos clanes?

Vivimos en una época en que todos reclamamos la falta de valores a la hora de convivir y hasta algunos alcaldes lloran rasgándose las vestiduras clamando por el incivismo.

Pero no olvidemos que este proceso no florece ahora porque sí, hace años que directa o indirectamente se le permite a cierta gente hacer uno y abuso del espacio público justamente porque son consumidores: ya sean turistas o adolescentes, comercios y ciudades enteras hacemos la vista gorda con tal de hacer el agosto.
Lo importante es no ahuyentar a quien más consume y ayudarlo, mirando hacia otro lado, para que se sienta a gusto y haga lo que le dé la gana. Luego ya culparemos a algún chivo expiatorio de todo el problema, daremos conferencias contra el incivismo y veremos la forma de poner más multas.

Como decía, soy un Tyranosaurus Rex, y me resisto a cerrar las fauces. Mi experiencia personal en cuanto al proceso de plantear una queja en este tipo de macro cines no tiene desperdicio:

Martes 3 de enero, 19.15. Sala prácticamente vacía a no ser por 10 miembros de la tribu “mecagontó” habituados a comer palomitas y gritarle a la pantalla. Nótese que no estoy hablando de un sábado a la noche ¡Líbreme dios de ello!

Mi marido, un Gliptodonte de muy buen ver, se acercó a pedirles silencio: craso error, la tribu redobló los gritos de guerra. Fui a buscar a alguien del personal para ver si tenía más suerte, pero tampoco eso modificó la actitud del grupo.
En vista de que nos era imposible concentrarnos en la película, salimos de la sala para hablar con la encargada que resultó ser la Srta. Gemma.

Ni bien escucho la exposición de la Tyranosauro y el Gliptodonte, decidió que lo mejor, era darme un consejo antiestrés:

“No se ponga así, relájese que usted al fin y al cabo vino a divertirse. Se lo digo por su bien.”

Ante tamaña bobería, sospeché que el concepto de relax y el pasar de los problemas en lugar de resolverlos, era el método que la Srta. Gemma utilizaba para afrontar las dificultades.

¿Pertenecía la Srta. Gemma a la tribu? ¿Era un topo infiltrado para provocar la irremediable involución de la especie cinéfila? ¿Será que en las empresas como ésta nadie se toma nada demasiado en serio? ¿Pertenezco de verdad a una especie en extinción?¿Pagué dos entradas para que me arruinen la sesión de cine y además debo relajarme?
Tal vez.
Sin embargo, viendo en Internet los foros de damnificados por tribus como éstas en los cines, se me ocurre que tal vez un recuento de especies nos sorprendería.
Y ya lo sabemos por experiencia, la unión hace la fuerza.
Om!Om!Om!